Autor: Chano

  • AYUNO EUCARÍSTICO, ¿CÓMO VIVIRLO?

    Reproducimos aquí parte de la carta que ha escrito el Obispo Auxiliar de Getafe, Mons. José Rico Pavés, con varias reflexiones que nos pueden ayudar estos días a vivir el ayuno eucarístico.

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    «1. Una enseñanza luminosa de san Pablo VI: el valor de la “misa privada”

         En una situación como esta puede resultar muy iluminador recuperar las enseñanzas sobre la Eucaristía de un Papa Santo, como Pablo VI, quien en su Encíclica Mysterium fidei (3.9.1965), publicada tres meses antes de la clausura del Concilio Vaticano II, salía al paso de algunos motivos de preocupación en torno al misterio eucarístico, entre los cuales enumeraba el valor de las llamadas “misas privadas”, es decir, aquellas misas que celebra el sacerdote solo, sin presencia de pueblo fiel. Algunos autores, haciendo una lectura meramente sociológica de la categoría “pueblo de Dios”, recuperada por el Concilio desde su rica comprensión bíblica y patrística, difundían la idea de que la misa sin fieles carece de sentido. «No se puede -afirmaba el Papa- exaltar tanto la misa llamada comunitaria, que se quite importancia a la misa privada» (MF 2). Y más adelante añadía la razón de esta importancia: «Porque toda misa, aunque sea celebrada privadamente por un sacerdote, no es acción privada, sino acción de Cristo y de la Iglesia, la cual, en el sacrifico que ofrece, aprende a ofrecerse a sí misma como sacrificio universal, y aplica a la salvación del mundo entero la única e infinita virtud redentora del sacrificio de la Cruz» (MF 4).

         El sacerdote, en efecto, en virtud del sacramento del Orden ha sido configurado con Cristo, único Mediador, Sumo y Eterno Sacerdote, de tal manera que no es él quien celebra, sino Cristo mismo en él. El sacerdote actúa “en la persona de Cristo Cabeza” (in persona Christi Capitis). En la celebración del Santo Sacrificio de la Misa el sacerdote no hace sino actualizar (“hacer memorial”) el único Sacrificio de Cristo.

         A la luz de estas enseñanzas conviene, pues, recibir las disposiciones emanadas en la Diócesis de Getafe y en otras diócesis, aclarando lo que se ha hecho: ¡no se han suprimido las Misas! Cerrar los templos no significa haber dejado a los fieles sin los frutos infinitos del Sacrificio Redentor de Cristo que se actualiza en el altar.

         El cierre de los templos no responde a falta de fe o de visión sobrenatural, sino que es una reacción desde la fe que se quiere hacer operativa por la caridad (cf. Gál 5, 6). Seamos honestos: ¿disponemos en nuestras parroquias y templos de los medios personales y materiales para lograr las condiciones de no aglomeración y de higiene que alejen el peligro de contagio? Si banalizamos estas medidas y crece el número de infectados ¿podremos garantizar que nuestros sacerdotes puedan seguir llevando el consuelo de los sacramentos a los más enfermos y moribundos, y acompañar a las familias que entierran a sus difuntos?

         En estos momentos debemos vivir nuestra comunión con Cristo sabiéndonos miembros de la Iglesia. El “ayuno eucarístico” temporal de unos es necesario para garantizar la comunión sacramental de otros. No olvidemos que estamos viviendo con toda la Iglesia el tiempo de gracia que llamamos Cuaresma. Tengamos la audacia de vivir esta situación de pandemia como oportunidad preciosa que nos regala el Señor en el camino de conversión.

         Que el ayuno eucarístico de estos días nos ayude a sentir como propio el sufrimiento de quienes se ven privados de la Eucaristía por falta de sacerdotes. Hecho que ya está sucediendo en muchos pueblos y aldeas de la España vaciada, además de muchas comunidades en tierras de primera evangelización.

         Que el ayuno eucarístico de estos días nos ayude a valorar aún más el bien infinito de la participación en la Santa Misa de modo que pidamos al Señor el don de una verdadera “conversión eucarística”, que nos permita centrar nuestra vida en la Eucaristía, “fuente y culmen de la vida cristiana” (LG 11). Pidamos al Señor en este tiempo la gracia de prepararnos cada día mejor al encuentro con Cristo en la Eucaristía.

         Que el ayuno eucarístico de estos días nos ayude a vencer la mentalidad individualista con la que tantas veces recibimos los sacramentos. Los sacramentos, y de forma muy especial la Eucaristía, son siempre dones inmerecidos, no son bienes “de uso particular”. Los sacramentos han sido confiados por Cristo a su Iglesia y como miembros de la Iglesia, es decir, con corazón eclesialmente ensanchado, debemos acercarnos a recibirlos. Fundamentar la vida personal en la gracia que se nos regala en los sacramentos no significa que podamos participar o disponer de ellos aisladamente.

         Que el ayuno eucarístico de estos días despierte en nosotros el deseo de salir al encuentro de Cristo ahí donde nos ha asegurado también su presencia: “Jesús en medio” entre los miembros de la familia; Jesús en mi prójimo, especialmente en el más necesitado. Recuperemos las palabras sabias de san Juan Pablo II al convocar el Año de la Eucaristía: «No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13, 35; Mt 25, 31-46). En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones eucarísticas»[1].

    2. Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes (Jl 2, 17)

         Como todos los años, comenzábamos la Cuaresma hace apenas tres semanas escuchando el miércoles de ceniza las palabras de la profecía de Joel: entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes (Jl 2, 17). ¡Qué oportunas son estas palabras cuando celebramos la Eucaristía sin presencia de fieles! Queridos hermanos sacerdotes: algunos de vosotros habéis comentado que resulta muy duro celebrar la Eucaristía a solas, con las puertas de vuestras iglesias cerradas. ¡No sintáis vergüenza al regar con vuestras lágrimas el altar! ¡Llorad, sí, llorad por vuestros fieles, llorad con ellos, y presentad vuestras lágrimas al Señor! «No puedes ser padre si no lloras -decía san Juan Crisóstomo-. Yo quiero ser padre misericordioso»[2].

         Vivid este tiempo, hermanos sacerdotes, como oportunidad preciosa para volver sobre el centro de la vocación a la que un día el Buen Pastor os llamó. San Gregorio Magno señalaba bien ese centro cuando resumía la singularidad de la vida sacerdotal en estas hermosas palabras: «(el sacerdote) por dentro medita los secretos escondidos de Dios; por fuera lleva la pesada carga de sus hermanos»[3]. Reforzad en estos días el diálogo interior con Cristo Buen Pastor para que podáis cargar sobre vuestros hombros a cada uno de los fieles que Cristo mismo os ha confiado. Recordad, una vez más, que, al subir al altar para celebrar la Santa Misa, nunca vais solos, aunque no os acompañen los fieles. Recordad que al celebrar la Eucaristía privadamente el Señor está derramando gracias abundantes para vosotros, para la Iglesia y para el mundo, gracias que no vendrán si abandonamos la celebración eucarística. Así lo recordaba, una vez más, san Pablo VI: «De donde se sigue que, si bien a la celebración de la misa conviene en gran manera, por su misma naturaleza, que un gran número de fieles tome parte activa en ella, no hay que desaprobar, sino antes bien aprobar, la misa celebrada privadamente (…) porque de esta misa se deriva gran abundancia de gracias especiales para provecho ya del mismo sacerdote, ya del pueblo fiel y de toda la Iglesia, y aun de todo el mundo: gracias que no se obtienen en igual abundancia con la sola comunión» (MF 4).

         Queridos fieles: ¡rezad especialmente en estos días por vuestros sacerdotes! Sabéis que en nuestra Diócesis varios de ellos ya han dado positivo al test del Covid-19. Algunos, más graves, están hospitalizados. Y es previsible que en los próximos días vayan apareciendo nuevos casos. Los templos no se han cerrado para dar vacaciones al clero o para protegerlo del contagio. Nuestros sacerdotes, algunos de forma heroica, están reforzando los equipos de capellanes de los hospitales, están celebrando las exequias de nuestros difuntos, están visitando a los enfermos más graves para llevarles el auxilio de la Confesión y de la Comunión, y están ofreciendo, con gran creatividad, propuestas de oración y formación a través de las redes sociales y medios de comunicación. Los sacerdotes que están hospitalizados nos están regalando el testimonio admirable de vivir la postración de la enfermedad como ofrenda por el bien espiritual de sus fieles. ¡Están haciendo de sus camas hospitalarias verdaderos altares donde se unen a Cristo, Sacerdote y Víctima!

         Oremos, ahora más que nunca, por nuestros sacerdotes, pongámoslos bajo la protección de San José, custodio del Redentor, para que no desfallezcan en estos momentos, y sean, siempre y en todo, sacerdotes de Cristo.

    3. El ayuno eucarístico y la comunión espiritual

         Si entendemos que cerrar los templos no significa privar a los fieles del fruto de la Eucaristía, aprenderemos a valorar otras formas verdaderas de encuentro con el Señor, como la llamada comunión espiritual. Es importante advertir que el desarrollo de la enseñanza de la Iglesia sobre esta forma de comunión se ha producido en la Edad Media, en tiempos de gravísimas epidemias, al hilo de las controversias eucarísticas provocadas por quienes negaban la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

         Guillermo de Saint-Thierry (+1148), el gran monje benedictino que al final de su vida abrazó la reforma del Císter atraído por la santidad de san Bernardo, dirigiéndose a los monjes cartujos de la joven abadía de Monte Dei, consciente de que no siempre podían recibir la Sagrada Comunión, les recuerda que la gracia del sacramento se puede recibir, aunque materialmente no se pueda comulgar:

    El sacramento de esta santa y venerable conmemoración sólo es dado celebrarlo a unos pocos hombres según el modo, lugar y tiempo especiales; mas la gracia del sacramento está siempre disponible y pueden actuarla, tocarla y recibirla para la propia salvación, con la reverencia que se merece, en la forma en que ha sido transmitida y en todo tiempo y lugar al que se extiende el señorío de Dios, aquellos de los que se ha dicho: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo elegido para anunciar las alabanzas de aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pe 2, 9) (…) Si la quieres y la deseas con toda sinceridad, tienes esta gracia disponible en tu celda a todas las horas, tanto de día como de noche. Cuantas veces te unes fiel y piadosamente a este acto en memoria del que padeció por ti, otras tantas comes su cuerpo y bebes su sangre; y siempre que permaneces unido a Él por el amor, y Él a ti en acción de santidad y de justicia, formas parte de su cuerpo y de sus miembros[4].

         La gracia del sacramento es la unión a Cristo por el amor, que lleva a ser parte viva de su cuerpo que es la Iglesia. Esta gracia se regala a quien la quiere y desea con sinceridad, aunque no se pueda participar en el sacramento, si con dignidad y reverencia se descansa en el recuerdo de Quien padeció por ti. No extraña que un siglo después, santo Tomás de Aquino, el Doctor eximio de la Eucaristía, llegue a afirmar de la comunión espiritual: «Es tal la eficacia de su poder que con sólo su deseo recibimos la gracia, con la que nos vivificamos espiritualmente»[5].

         Para despertar el deseo y unirnos con la memoria del corazón a Quien por amor a nosotros se queda en el Sacramento del Altar, podemos emplear alguna de las oraciones que la tradición cristiana nos ha transmitido:

    Creo, Jesús mío, que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar. Te amo sobre todas las cosas y deseo ardientemente recibirte dentro de mi alma, pero no pudiendo hacerlo sacramentalmente, ven al menos espiritualmente a mi corazón. Y como si estuvieras conmigo os abrazo y me uno con vos. Quédate conmigo y no permitas que me separe de ti.

         Repitamos, con palabras de un teólogo del siglo pasado, la enseñanza esperanzadora de la Iglesia Católica: «La “comunión espiritual” es con toda verdad una comunicación personal con Cristo. Produce la gracia sacramental de la Eucaristía de manera no sacramental»[6].

    Conclusión: «Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre»

         En los próximos días se cumplirá el segundo aniversario de la Exhortación apostólica Gaudete et exultate del papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual (19.3.2018). Como sabemos, en el segundo capítulo el Papa desenmascara “dos sutiles enemigos de la santidad”. Para describir estos enemigos menciona dos errores doctrinales del pasado que hoy reaparecen en algunas actitudes: el “gnosticismo actual” y el “pelagianismo actual”. ¿No hay acaso destellos de un neo-monofisismo en quienes, para primar la salud espiritual de los fieles, minusvaloran la salud corporal? ¿Se equivoca acaso la Iglesia cuando nos pide orar por los enfermos? ¿Acaso pedimos que les llegue pronto la muerte para que entren en la bienaventuranza eterna? Evitemos este otro “enemigo sutil” de la santidad que lleva a considerar la postura propia la más auténtica por gozar -así se pretende- de una “visión sobrenatural”, mientras se critica la postura que busca la salud espiritual de los fieles evitando poner en peligro su salud corporal, hasta donde prudencialmente es posible. Dejémonos también iluminar en esto por la recta fe de la Iglesia. Contemplemos el misterio admirable de la encarnación y no enfrentemos la naturaleza humana a la divina, la naturaleza a la gracia, la salud del cuerpo a la del alma, pues sabemos que «hay un sólo Médico, carnal y espiritual, creado e increado, que en la carne llegó a ser Dios, en la muerte, vida verdadera, (nacido) de María y de Dios, primero pasible y, luego, impasible, Jesucristo nuestro Señor»[7].

         En una situación como la actual se percibe aún con más claridad la necesidad de mantenernos unidos. Evitemos todo lo que quiebra la comunión. Superemos el discurso tramposo que enfrenta a “los que tienen fe” con “los que tienen miedo”. No caigamos en la tentación del individualismo, buscando “soluciones” por cuenta propia. Necesitamos caminar juntos. Renovemos la oración por nuestro Obispo. Pidamos al Señor que lo colme con su luz y lo robustezca con su gracia para que en sus decisiones reconozcamos el báculo firme y las entrañas misericordiosas del Buen Pastor. Y quienes tenemos la dicha inmensa de pertenecer a la Diócesis de Getafe acojamos las palabras de un obispo mártir del siglo I, san Ignacio de Antioquía, como palabras dirigidas a nosotros en el momento presente: «Seguid todos al obispo, como Jesucristo al Padre»[8].

         Que la Reina de los Ángeles, protectora y patrona de nuestra diócesis, nos alcance de su Hijo el consuelo de una comunión renovada, la salud de los enfermos y la protección de nuestro pueblo. ¡Nada sin María! ¡Todo con Ella!»

    José Rico Pavés, Obispo Auxiliar de Getafe

     

     

     

  • PROGRAMACIÓN 13 TV

    La cadena de televisión 13 TV nos ofrece a lo largo de su programación diaria distintos momentos para unirnos en oración a toda la Iglesia. Os contamos aquí los momentos mas señalados.

    Puedes seguirlo a través de http://trecetv.es/directo.

     

  • RETIRO DE CUARESMA

    Para tener un rato de oración y vivir bien esta Cuaresma hemos preparado unos audios y textos con el retiro de cuaresma.  Consistirá en unos puntos para rezar durante 3 días. 

    PUNTOS DÍA 1

     

    «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
    Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba, y me
    lanzaba sobre las cosas hermosas creadas por Ti.
    Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo.
    Me retenían lejos de Ti todas las cosas, aunque, si no estuviesen
    en Ti, nada serían.
    Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera. Brillaste y
    resplandeciste y pusiste en fuga mi ceguera.
    Exhalaste tu perfume y respiré y suspiro por Ti.
    Gusté de Ti y siento hambre y sed.
    Me tocaste y me abraso en tu paz» (SAN AGUSTÍN)

    PUNTOS DÍA 2

    Evangelio Jn 9, 1-7
    En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento.
    Y sus discípulos le preguntaron:
    -«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»
    Jesús contestó:
    -«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de
    Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado;
    viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz
    del mundo.»
    Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al
    ciego y le dijo:
    -«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
    Él fue, se lavó, y volvió con vista.

     

    «Mas al ciego de nacimiento le devolvió la vista no por medio de su palabra,
    sino por una obra. No lo hizo en vano ni al acaso, sino para mostrar la mano de
    Dios, la misma que al principio creó al hombre. Por eso, cuando los discípulos
    le preguntaron por qué motivo el hombre había nacido ciego, si por culpa suya
    o de sus padres, respondió: «Este no pecó, ni sus padres; sino para que se
    manifieste en él la acción de Dios».
    Mas la obra de Dios es la creación del hombre. Y esto lo llevó a cabo como una
    operación suya, según dice la Escritura: «Y Dios tomó barro de la tierra, y
    plasmó al hombre». Por eso el Señor escupió en tierra, hizo lodo y le untó con
    él los ojos, para mostrar cómo había hecho la antigua creación, y para hacer
    ver la mano de Dios a quienes puedan entender, por medio de la cual el
    hombre fue plasmado de la tierra. Aquello que el Verbo artífice había dejado de
    hacer en el vientre, lo completó en público, «para que en él se manifieste la
    acción de Dios». No necesitamos ya otra mano fuera de aquella que plasmó al
    hombre, ni otro Padre, al saber que la mano de Dios nos plasmó al principio y
    nos plasma en el vientre de la madre, ella misma nos buscó en los últimos
    días, al mirarnos perdidos, para recobrar su oveja perdida y volverla a cargar
    sobre sus hombros, a fin de llevarla, lleno de alegría, de nuevo al rebaño.»

    (San Ireneo, Adc. Haer. V)

    PUNTOS DÍA 3

    Evangelio Jn 11, 17-45

    Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros»; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
    -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
    Jesús le dijo:
    -«Tu hermano resucitará.»

    Marta respondió:
    -«Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
    Jesús le dice:
    -«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
    Ella le contestó:
    -«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
    Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
    -«El Maestro está ahí y te llama.»

    Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
    -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.»

    Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó:
    -«¿Dónde lo habéis enterrado?»
    Le contestaron:
    -«Señor, ven a verlo.»
    Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
    -«¡Cómo lo quería!»
    Pero algunos dijeron:
    -«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»

    Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
    Dice Jesús:
    -«Quitad la losa.»
    Marta, la hermana del muerto, le dice:
    -«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
    Jesús le dice:
    -«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
    Entonces quitaron la losa.
    Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
    -«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para haya que crean que tú me has enviado. »
    Y dicho esto, gritó con voz potente:
    -«Lázaro, ven afuera.»
    El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
    Jesús les dijo:
    -«Desatadlo y dejadlo andar.»
    Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

     

    «Quitaron, pues, la piedra. Jesús, por su parte, elevados a lo alto los ojos, dijo: Padre, te doy gracias porque me escuchaste; por mi parte, yo sabía que siempre me escuchas; pero lo dije por el pueblo que está alrededor, para que crean que tú me enviaste. Como hubiese dicho esto, gritó con fuerte voz. Bramó, derramó lágrimas, gritó con fuerte voz. ¡Qué difícilmente se levanta ese a quien aplasta la mole de una costumbre mala! Pero en todo caso se levanta: lo vivifica dentro la oculta gracia; se levanta tras la fuerte
    voz. ¿Qué ha sucedido? Gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, ven afuera! Y el que había muerto se presentó al instante, atado con vendas las manos y los pies, y su faz estaba cercada por un sudario. ¿Te asombras de cómo se presentó atados los pies, y no te asombras de que resucitó cuatriduano? En una y otra cosa estaba la potencia del Señor, no las fuerzas del muerto. Se presentó, y aún está atado; aún envuelto, se presentó empero ya afuera. ¿Qué da a entender? Cuando desprecias, yaces muerto; y, si desprecias  antas
    cosas cuantas he dicho, yaces sepultado; cuando confiesas, te presentas. En efecto, ¿qué es presentarse, sino manifestarse cual saliendo de escondites? Pero que confieses, Dios lo hace gritando con fuerte voz, esto es, llamando con gran gracia. Por eso, como el muerto se hubiese presentado aún atado, confeso y reo aún, para que sus pecados fuesen soltados, el Señor dijo esto a los ministros:
    Desatadlo y dejadlo irse. ¿Qué significa: Desatadlo y dejadlo irse?
    Lo que hayáis desatado en la tierra, quedará desatado también en el cielo.»

    (SAN AGUSTÍN)

  • Covid-19, bajo la mirada de la fe

    Reproducimos aquí la carta que ha escrito D. José Granados en el que nos invita a despertar el amor creativo, teniendo en cuenta que como decía Juan Pablo II, «en el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo».

  • EJERCICIOS ESPIRITUALES PARA FAMILIAS

    El fin de semana del 6 al 8 de marzo Acción Católica organiza unos ejercicios espirituales para familias con servicio de cuidado de los niños: una oportunidad para recargar pilas cerca del Señor. 

    Días: Del 6 al 8 de marzo  (Inicio el día 6 a las 19:30 horas)

    Lugar: Casa Emaús de Torremocha del Jarama (Madrid)

    Director: Daniel Navarro, Párroco de la Virgen de la Fuensanta

    Información e inscripciones: 91 522 22 67 o  acgmadrid@gmail.com

  • Excursión a la Sierra

    Los jóvenes de Edith, de 1ºESO en adelante, nos vamos a la Sierra de Madrid el próximo sábado 8 de febrero

    Reserva el día, organízate y adelanta el estudio para no perderte esta nueva aventura. 

    Quedaremos en la parroquia a las 9.30 para salir en autobús hacia la Cascada del Purgatorio (el precio del autobús será de 7€), donde caminaremos mucho, comeremos de bocatas, conviviremos todos juntos y nos acercaremos un poco más al Señor. La llegada la haremos a media tarde dependiendo un poco de las condiciones climáticas.

    Para poder ir preparando todo, apúntate en este formulario (hemos desactivado el formulario porque quedan muy pocas plazas en el autobús, pero ponte en contacto con secretaría de la parroquia si quieres apuntarte!) e imprime esta autorización (AQUÍ) para que puedan firmar tus padres y traérnosla el mismo día de la excursión!

     

    Fecha límite de inscripción el 6 de febrero

     

     

  • Comunicado Covid-19

    Siguiendo las recomendaciones promulgadas por la Arichidiócesis de Madrid el 10 de Marzo de 2020, el equipo sacerdotal de nuestra Parroquia comunica una serie de indicaciones que se pondrán en práctica para afrontar conjuntamente la crisis provocada por el coronavirus.

  • Píldoras Cuaresma ¿Sabías qué?

    Aquí os dejamos una breve explicación sobre el significado de este tiempo de Cuaresma y el porqué es tiempo de oración, ayuno, limosna…

  • SESIÓN CATEQUÉTICA: «LA BUENA NOTICIA»

    SESIÓN CATEQUÉTICA: «LA BUENA NOTICIA»

    No te pierdas el vídeo catequético sobre La Buena Noticia (Los evangelios sinópticos) por Andrés García Serrano, profesor de la USED y párroco de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (20 de febrero 2020).

     

  • Visita del Cardenal Sean Patrick O’Malley, Arzobispo de Boston

    Visita del Cardenal Sean Patrick O’Malley, Arzobispo de Boston

    El domingo 2 de febrero visita la parroquia el Cardenal Sean Patrick O’Malley, Arzobispo de Boston. Celebrará la misa de 13:00 horas y, a continuación, en el mismo templo, tendremos un  encuentro con él.

    El Cardenal Sean O´Malley, es uno de los miembros del Consejo de Cardenales (C9), órgano consultivo que tienen como misión aconsejar al Papa para la reforma de la Curia.